La historia oficial está plagada de falsedades y manipulaciones. Como toda narrativa construida por las élites, funciona como un mito justificador. Bien dice el refrán que la historia la escriben los vencedores, y la escuela ha sido una institución clave en la reproducción ideológica de este sistema de despojo contra los pueblos originarios. Los valores patrios suelen tratarse con simplismo: una mezcla de folclor, chovinismo y una veneración estéril que no conecta con el presente. Sin embargo, cada espacio de debate y cada interacción con las nuevas generaciones resulta urgente para la recuperación de la memoria histórica, especialmente en una sociedad que no siempre percibe la velocidad con la que sus adversarios disputan la soberanía y el reconocimiento de la plurinacionalidad, agudizando así la crisis actual.

En este mundo de posverdad y algoritmos alineados con intereses macartistas, desde el norte se difunde una calumnia histórica con la misma lógica del filibusterismo Willian Walker que, tras perder la guerra civil en su país, intentó conquistar tierras americanas antes de ser fusilado en Trujillo. Paradoja similar ocurre con el movimiento MAGA y su inminente derrota frente al socialismo democrático del pueblo diverso norteamericano; como cualquier filibustero, intentan borrar de la historia el genocidio español, inglés, portugués y francés en nuestra América.
Fue en la época de la “república bananera” cuando se reconstruyó el mito del indio Lempira, elevado casi a caudillo único de una nación sin profundizar en la caracterización real de la época de la conquista. Esta “lempirización” reduccionista invisibiliza la diversidad de los pueblos originarios de Honduras —asumiendo erróneamente una sola identidad indígena— y borra de la memoria las encarnizadas batallas de la costa norte lideradas por otros caciques históricos como Cicumba.
Este marco narrativo limitado oculta a los verdaderos herederos de esa resistencia: la lucha de Berta Cáceres, el pueblo de Tacamiche, la resistencia miskita, la lucha tolupana frente a ganaderos, terratenientes y narcotraficantes, y el pueblo garífuna. Desde la perspectiva de los pueblos afrodescendientes, el garífuna es un pueblo libre que combatió al pirata inglés en el Caribe. Su derecho sobre las costas hondureñas no fue una concesión, sino una conquista histórica ganada al luchar junto a Francisco Morazán contra las élites criollas de Guatemala y el imperialismo británico.
En la acera opuesta se encuentra el fenómeno del colaboracionismo, instrumento de la colonización interna. Figuras emblemáticas como Manuel Bonilla, fundador del conservadurismo tradicional y del co-gobierno con intereses extranjeros, no solo entregaron el país y sus riquezas a potencias externas hasta convertir a Honduras en una plutocracia, sino que también encarnaron el carácter racista de las élites bipartidistas. El propio Bonilla ocultó las raíces garífunas e indígenas de su madre, nacida en Trujillo, para congraciarse con las élites criollas y los filibusteros del norte. Ese mismo desprecio por sus propios orígenes consolidó una cultura política donde el racismo, el despojo y la denegación de la propia identidad han sido moneda corriente.
Resulta contradictorio exaltar las luchas históricas del indígena en los textos escolares mientras, en la práctica, se despoja de sus tierras a sus descendientes directos. El racismo y el despojo persisten en el siglo XXI, donde los filibusteros ya no desembarcan únicamente con barcos, sino con inteligencia artificial, drones, algoritmos, las ZEDE y la Ley Agroindustrial. Hablar del Día de la Identidad sin advertir que estos proyectos amenazan con desencadenar un nuevo genocidio contra los pueblos originarios es omitir la verdadera lucha racial y de clases que atraviesa al país.
Frente a este escenario, la causa del pueblo garífuna y de los pueblos originarios traspasa fronteras: representa la organización comunitaria, la dignidad y la construcción de unidad para quienes creen en un proyecto de justicia social. Hoy, al igual que en los tiempos de Morazán, los voceros del neocolonialismo encontrarán de frente la batalla y la resistencia de los pueblos.

