El cogobierno bipartidista empeña no solo el futuro de Honduras, sino también el futuro energético centroamericano, debido al potencial energético de la patria, que en las décadas de los setenta y ochenta ya exportaba energía hidroeléctrica a la región con proyectos monumentales como la Represa Hidroélectrica Francisco Morazán (El Cajón).
Desde hace más de 40 años, organismos multilaterales como el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) no han revalorizado estos activos. ¿Por qué? La falacia de la supuesta quiebra de la empresa estatal parece ocultar su valor real y la riqueza nacional. El propósito de los fondos buitres es, precisamente, apropiarse del patrimonio energético de la nación.
La entrega al imperialismo, mediante la privatización de la ENEE, la empresa más rentable y garante de la soberanía nacional, responde a la decadencia liminal del neoliberalismo en Honduras. El poder real y la riqueza de las naciones ya no se miden banalmente por el PIB, el poder nominal, la paridad de compra o el poder adquisitivo. En nuestra era, donde el poder económico de una nación se mide cada vez más en términos geoeconómicos, la energía se convierte en un factor determinante para la soberanía, el desarrollo y la independencia.
No parece que los mistificadores políticos del bipartidismo hayan aprendido la lección de las repúblicas bananeras. Al entregar a intereses extranjeros el futuro de la nación, fueron ellos quienes conspiraron contra la construcción de represas como Patuca y El Tablón, dejando constancia de que atentaron contra los intereses nacionales y degradaron las ventajas estratégicas del país, privilegiando las energías contaminantes por encima de las energías limpias.
Mientras se agudiza la crisis nacional, con peligros crecientes de inundación en el Valle de Sula y sin perspectivas reales de desarrollo, una nación desprovista de energía ve amenazada su economía popular, forjada por la clase trabajadora y garante de la subsistencia nacional.
La incertidumbre ya se siente en la pequeña industria hondureña, en las asociaciones y cooperativas agroindustriales, en los trabajadores migrantes y sus familias que dependen de las remesas, en los pequeños negocios de barrios y mercados, y en el impacto que tendrán las nuevas tarifas sobre los sectores populares, donde la clase trabajadora subsiste entre el desempleo, la precariedad laboral y los salarios de subsistencia.
El régimen y su portavoz, La Racha, como en los tiempos de Carías, han salido hoy con un discurso que nos recuerda a su antecesor JOH, o mejor dicho, al padre político y mentor de nefastos personajes, recordándonos que quien se oponga a la reforma energética recibirá entierro, destierro y encierro. Son palabras amenazantes dirigidas contra una opción política que, cuando fue gobierno, demostró capacidad para rescatar la ENEE, dando pasos agigantados en su recuperación y ampliando un derecho que durante mucho tiempo fue negado a miles de hondureños.
En comunidades como Balfate o en amplias regiones de La Mosquitia, la energía eléctrica solo comenzó a llegar durante el Gobierno de la Refundación. Son hechos concretos que evidencian que la energía no es un privilegio, sino un derecho ligado al desarrollo humano y a la dignidad de los pueblos.

Las élites parecen no perdonar estas proezas de la historia. Intentan ocultar los avances y se escudan en la ineptitud, el chantaje y la zozobra para señalar el camino de la privatización y la entrega de la soberanía nacional.
El llamado de la resistencia a la lucha, en tiempos como estos, donde se juega el futuro del país y la riqueza de la nación, deja constancia de la profundidad de la crisis nacional. No solo nos estamos jugando la apuesta por una factura eléctrica. Nos estamos jugando la vida por la ENEE, que es lo mismo que decir la vida y el futuro de la nación.
Por: Bayron Pineda
Analista y columnista de Irrev Media.

