Las comunidades garífunas defienden sus territorios ancestrales; un derecho histórico e inalienable ratificado por sentencias definitivas de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH). Sin embargo, en el Estado de Honduras en manos del Partido Nacional, las grandes corporaciones agroindustriales y hoteleras han encontrado un aliado para sostener, por la vía de la fuerza y la violencia, la ocupación de extensiones de tierra usurpadas a las comunidades.

Recientemente, en Tornabé, Atlántida, la comunidad garífuna recuperó parte de su territorio ancestral. La respuesta fue una violenta incursión armada: una caravana de al menos cinco vehículos de lujo (camionetas blindadas y pick-ups de alta gama) ingresó a la zona de forma hostil. El convoy transportaba hombres de contextura militar con uniformes tácticos y fusiles automáticos de grueso calibre de uso prohibido. Al frente de la caravana iba un hombre blanco de habla inglesa.
Al contrastar las fotografías, testimonios y videos difundidos en tiempo real por los pobladores con registros internacionales, las sospechas apuntan a una figura global del terror: Erik Prince, el ex-Navy SEAL estadounidense y fundador de Blackwater, una de las empresas de mercenarios más grande del mundo. El negocio de la guerra global y sus laboratorios tácticos han desembarcado en el litoral atlántico de Honduras. Prince ha transitado de las fuerzas de choque tradicionales a la guerra híbrida e hipertecnificada; hoy, las conexiones operativas de su emporio unen los frentes de combate de Ucrania con el despojo territorial en Atlántida y Colón.
¿Quién es Erik Prince? El agente del terror privado
Erik Prince no es un empresario convencional; es uno de los principales arquitectos de la privatización de la guerra moderna. Ganó notoriedad y contratos multimillonarios con el gobierno de los Estados Unidos tras la invasión de Irak en 2003. Su nombre quedó marcado en la historia por la masacre de la plaza Nisour en Bagdad (2007), donde contratistas de Blackwater asesinaron a sangre fría a 17 civiles indefensos, un crimen de guerra ampliamente documentado.

A pesar del repudio internacional, Prince mantiene un blindaje político férreo gracias a sus nexos con los sectores más radicales de la extrema derecha estadounidense y su cercanía con Donald Trump, quien indultó a los mercenarios de Nisour en 2020. Su influencia operativa se extiende por América Latina a través de gobiernos de derecha, como el de Daniel Noboa en Ecuador, bajo el pretexto de proveer “asesoría táctica contra el crimen organizado”. Sin embargo, las investigaciones confirman que estas consultorías sirven de mampara para el despliegue de fuerzas mercenarias que operan al margen de los controles del Estado.

Del frente de Ucrania al terror en Tornabé
La presencia de estas tácticas coincide con el reciente viaje de Nasry “Tito” Asfura, Presidente de Honduras a Ucrania —dónde se comprometió a la coooperación militar y de inteligencia— estos acercamientos no son casuales, sino que funcionan como puentes de contacto para facilitar la importación de asesores tácticos y combatientes desmovilizados de los frentes de batalla para incorporarlos a la seguridad privada de terratenientes en Honduras.

A esta preocupante conexión se suma la histórica relación de cooperación militar e inteligencia entre los gobiernos del Partido Nacional e Israel —o epicentro de desarrollo de tecnologías de vigilancia y control territorial—, un esquema de seguridad privada paralela que evoca los años de la década de los 80, donde el territorio nacional fue utilizado como base de operaciones encubiertas e ilegales financiadas con capital extranjero para desestabilizar la región.

El caso de Tornabé es el reflejo de esta asimilación logística. Los hombres identificados en la incursión portaban indumentaria de combate de última generación y aplicaron maniobras de cerco y hostigamiento idénticas a las utilizadas por los contratistas de Prince en Medio Oriente y Europa del Este, diseñadas específicamente para quebrar la resistencia psicológica de comunidades desarmadas.

Mezapita y el uso de drones: La guerra automatizada llega a Honduras contra los pobres
La conexión con la nueva doctrina militar de Prince se vuelve innegable al examinar el desalojo de trabajadores agrícolas en Mezapita, Atlántida. Actualmente, Erik Prince opera como directivo y socio estratégico de Swarmer, una empresa emergente con sede en Ucrania que desarrolla software de inteligencia artificial para coordinar ataques autónomos con enjambres de drones de combate.
Esta tecnología de reconocimiento aéreo y hostigamiento táctico, ensayada en la guerra contra Rusia, está siendo aplicada en Honduras contra campesinos que luchan por el acceso a la tierra. Durante el violento desalojo en Mezapita, las organizaciones agrarias denunciaron el uso sistemático de drones de alta gama tecnológica para tareas de inteligencia previa, patrullaje perimetral, mapeo térmico y persecución individual antes de que ingresaran las fuerzas de choque. Los drones se utilizan como herramientas de guerra psicológica y vigilancia permanente de objetivos civiles. En el desalojo en Mezapita a inicios de julio del corriente año fue asesinado.

Un mercenario operando en la impunidad total
A nivel internacional, Prince acumula un amplio historial delictivo. Ha sido investigado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) por violar el embargo de armas en Libia mediante el despliegue del “Proyecto Opus” (operación mercenaria que incluía helicópteros artillados y capacidades cibernéticas) y enfrenta acusaciones en Venezuela por promover e intentar financiar el movimiento de desestabilización armada Ya Casi Venezuela.

A pesar de las evidencias, su compleja red corporativa basada en holdings y empresas fantasma en paraísos fiscales le permite eludir la justicia formal de los Estados. El arribo de estas tácticas especializadas a Honduras demuestra que el litoral atlántico ya no solo enfrenta la avaricia de terratenientes criollos, sino la intervención táctica de consorcios de seguridad privada global que ven en el despojo de tierras indígenas y campesinas el escenario perfecto para rentabilizar la tecnología de guerra ensayada en el extranjero.

