“La Historia de Honduras se escribe en una lágrima”
— Heliodoro Valle
San Pedro Sula fue una ciudad con poca relevancia en la colonia. Según datos del historiador Darío Euraque, antes del siglo XX era un villorrio colonial; es con la expansión del capital transnacional —principalmente bananero— que se desarrolló en la costa norte un gran polo de desarrollo. Grandes masas de poblaciones del interior del país, especialmente de occidente y del sur, migraron con la promesa de mejores salarios.
En cambio, San Pedro Sula proliferó como una comuna de visionarios, pequeños artesanos, comerciantes y obreros. Este crisol de sectores sociales y el propio desarrollo social, al articularse nuevos canales de comunicación interna como el ferrocarril, permiten que desde entonces San Pedro Sula haya ocupado un espacio relevante. Así, como una economía agrícola que transita al comercio, hasta transformarse en ciudad industrial y, en tiempos actuales, en ciudad financiera y comercial, se define su poderío económico y su ideología como comuna.

Para mitad del siglo XX, nos ubicamos en una fase histórica que deja lecciones. La dictadura de Carías Andino respondía al control absoluto de la United Fruit Company sobre la soberanía del país. Su régimen, que duró más de 16 años, respondía únicamente a los intereses de la transnacional: se reprimió a trabajadores, se persiguió a opositores políticos y se aplastaron tanto los derechos laborales reclamados como los derechos políticos, al obstaculizar elecciones libres.
Esto delata el carácter de la injerencia y el control del capital extranjero en nuestro país, así como la muy limitada y casi inexistente soberanía, condición sine qua non para la construcción de una nación.
La emergencia nacional, la necesidad y el reclamo de avances democráticos también estaban ligados a la urgencia de avanzar en las relaciones sociales. La decadencia, la corrupción y la entrega de los intereses de la nación están cristalizadas en la contrata Rolston.
Para historiadores como Tomás Erazo, para 1944 ya se había agudizado la lucha de clases en Honduras; por lo tanto, el genocidio de 1944 fue la respuesta violenta del capital nacional y extranjero (la dictadura cariísta) a las justas demandas de un pueblo y de una clase trabajadora que empezaba a despertar contra la opresión.

Para el escritor Julio Escoto, quien se ha dedicado a rescatar la memoria de las víctimas de la comuna sampedrana, un 6 de julio se convocaron los ciudadanos más prominentes de la comunidad: comerciantes honrados, periodistas, obreros de a pie y juventudes como la reina de la feria de San Pedro Sula, Irene Santamaría. Ella, que se encontraba en el momento de la matanza como cajera en la Droguería Nacional (ubicada frente a la antigua tienda Larach en el barrio El Centro), fue abatida a tiros por soldados de la dictadura de Carías.
Según registros históricos, más de 2,000 personas salieron a manifestarse, muchos con la bandera norteamericana exigiendo justicia en conmemoración a su independencia. El mundo para esa época reclamaba cambios que inspiraron a los manifestantes: el capitalismo en crisis había vencido a su último fantasma, las nefastas dictaduras fascistas; se derrumbaba la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez en El Salvador y la de Jorge Ubico en Guatemala, pero aún quedaban las nefastas dictaduras en las repúblicas bananeras.
Por orden de Juan Manuel Gálvez —en ese entonces ministro de Carías y quien después se convirtiera en su sucesor— se dio la orden de asesinar al coronel Vicente Tosta y de 70 a 200 ciudadanos inocentes, según estimaciones. En este genocidio brutal e inolvidable, las autoridades y la institucionalidad respondieron encubriendo el crimen; tal fue el caso del Cuerpo de Bomberos de la ciudad, que lavó la sangre y removió los cuerpos de las víctimas.
Para muchos, esto aceleró la caída del régimen y provocó el repudio de la comuna sampedrana contra la dictadura, dejando claro y en evidencia quiénes eran los genocidas. Fue la chispa que promovió un frente contra la corrupta dictadura nacional e internacional, señalando el futuro de la nación. Después de 82 años, el crimen sigue en la impunidad mientras la historia oficial oculta los hechos y, peor aún, recuerda a los asesinos en los billetes de 50 lempiras, ocultando el nombre de los desaparecidos e incluso de los disidentes. Este relato oficial se mantiene en el ideario de héroes del Partido Nacional que, luego de la experiencia del caricato, impulsó el colapso económico y social neoliberal con la modernización del campo, y que continuó con JOH, vendiendo el futuro de la nación de las bananeras a las ZEDE.
La matanza de 1944 dejó lecciones que, aun marcadas por el dolor, perturban y, como decía Marx, “atormentan el cerebro de los vivos”. El profesor Julio Rivera, uno de los manifestantes que pudo escapar de los disparos genocidas, dijo entre lágrimas después de la matanza a los pocos sobrevivientes: “La tragedia de lo que hoy nos sucedió en la matanza de 1944 no podemos permitir que ocurra otra vez; debemos organizarnos para enfrentar a estas oprobiosas dictaduras”.
Sus palabras y sus actos no fueron en vano. Ya con las huellas del martirologio sampedrano, se empezaba a organizar en la clandestinidad la gran huelga de 1954 que dio al traste con la dictadura, los intereses de la transnacional y su injerencia en Honduras. Esta lucha enfrentó y venció la represión y, contra todo pronóstico, pudo cambiar el rumbo de la historia, alcanzando por fin la primera y luminosa etapa de la construcción de la nación.
¡Sangre de mártires, semilla de libertad!
Por: Bayron Pineda, analista y columnista de Irrev Media

