Retorna con revanchismo y arriba al país con más filibusteros para la reconquista de la tierra indomable
Todo conquistador tiene su noche oscura. El indultado y enviado por Trump es liberado de sus cargos por la cuestionada justicia terrenal norteamericana, pero no viene impoluto en su retorno; tampoco llega de un retiro espiritual, como lo presentan los medios de comunicación tarifados de Honduras, ni es por mucho el hijo pródigo que tanto esperaba la nación. JOH, hondureño por nacimiento, encarna el proyecto de neocolonización y colonialismo interno. Su retorno se explica en función del indulto que el presidente Trump le concedió a cambio de proteger sus intereses en nuestro país.

El caudillo, que tanto enarbola la tierra natal de la indómita tierra de Lempira, comenzó su carrera política en su natal Lempirá dentro de un partido asociado a dictaduras y militarismo, con antecesores como Tiburcio Carías Andino: un agente de las bananeras que impuso un régimen sangriento a mitad del siglo anterior durante casi 16 años.
JOH ascendió al poder del Congreso Nacional después de un golpe de Estado y de elecciones fraudulentas, imposiciones que la sociedad hondureña no aceptó y frente a las cuales mostró resistencia mientras duró su régimen. Esto evidenció transformaciones sociales que, a un siglo de la sangrienta dictadura cariista, eran imposibles de repetir y sostener. En esos términos, la lucha de clases y su balance fue favorable al bando popular, pues la respuesta social fue consolidando la unidad nacional en torno a acabar con el régimen oprobioso de JOH. En su afán de dominio, su gobierno solo terminó por acumular resentimiento social debido a inescrupulosos actos de corrupción como la Tasa de Seguridad, la Ley de Secretos, el caso Pandora, el saqueo del Instituto Hondureño de Seguridad Social (IHSS), los leoninos contratos como el de la EEH y la pésima gestión frente a los huracanes Eta e Iota. El lema «¡Fuera JOH!» logró sintetizar la unidad popular.
La entrega de nuestra soberanía a las ZEDE por parte del régimen escondía una contradicción peligrosa frente al imperialismo. Este proyecto granjeó un debate desbordado y antiimperialista en la sociedad hondureña, representando un avance popular que permitió que cientos de comunidades —principalmente en la costa norte— se movilizaran y realizaran acciones como campañas de concientización y cabildos abiertos para pronunciarse en contra de su aprobación. En cambio, el régimen continuó impulsando la segmentación de la soberanía. Como paralelismo, lo mismo que ocurría en Gaza nos ocurría en Honduras.
A ese proceso le llamamos la palestinización de los hondureños: políticas racistas con un trasfondo económico, así como el chantaje y la discriminación que sirven de preámbulo a la ocupación de territorios. En ellos, sus habitantes experimentan la judicialización por defender bienes comunes y, posteriormente, el despojo y la pérdida de derechos y libertades civiles en dimensiones tan exacerbantes que pueden desembocar en la total disminución de la soberanía por el avance del colono ocupante a través del uso de la fuerza para reorganizarse territorialmente y expandirse.
El vacío de un Estado sobre otro Estado lo vemos reflejado en las prácticas del sionismo y en el uso recurrente de la fuerza que, en tiempos de incertidumbre internacional como el nuestro, derivan en genocidios impulsados principalmente por criminales. El régimen de JOH incrementó sus relaciones internacionales, lo que en particular le permitió establecer un frente común con un grupo político de aspiraciones que revivió el sueño de racistas, filibusteros y expansionistas de control hegemónico. A través de sectas y lobbies, estos sectores lograron ascender al poder político del imperio norteamericano y controlar a sus socios, el sionismo y sus planes de expansión en la región.

Parecía imposible que en un país con el avance y control de un evangelismo prosionista, sumado a la violencia social desmedida y al despojo, la respuesta popular fuera tan aleccionadora y recurrente. Los niveles de proletarización, los recortes a sectores vitales para la nación y el despojo territorial unificaron a sectores amplios del pueblo, que empezaban a madurar. El fin de la dictadura llegó con la primera ruptura del bipartidismo. Sin embargo, ante la derrota, muchos actores de la dictadura optaron por el oportunismo, cambiando de bando político como quien cambia de ropa. Se infiltraron en los canales de aquel gran movimiento de masas desorganizado, unificado bajo la consigna «¡Fuera JOH!», sin prevenir que el bipartidismo y Juan Orlando solo son el capataz de la finca, el enviado del sionismo para continuar con el despojo. Las ZEDE, aunque derogadas, nunca dejaron de conspirar contra la joven nación hondureña.
Hoy los filibusteros arribaron a las costas hondureñas despojando de sus tierras al pueblo garífuna, a campesinos y a obreros del campo. Con JOH retorna el despojo: vienen con algoritmos y Silicon Valley. Su retorno responde a la urgencia de estos capitales por obtener recursos naturales y humanos en detrimento de la nación. La fase liminal de este modelo tiene su dimensión más elevada con el proyecto de despojo y entrega consagrado por JOH, el hombre de confianza de los filibusteros. Ya no es necesario pedirle a William Walker que salga de su tumba en Trujillo.
Las lecciones que nos deja este retorno demuestran que los imperios no tienen amigos, solo intereses: a JOH lo condenaron y después lo indultaron. Y al pueblo hondureño, ¿quién podrá indultarlo de la pena de vivir en una nación que es un diseño colonial? Solo la sabiduría del pueblo podrá encontrar e imaginar otro destino.

