Redacción de IRREV Media
San Pedro Sula, Honduras. El discurso de odio infundado contra la comunidad china en Honduras desde el Congreso Nacional y la matriz mediática corporativa no es producto de la casualidad ni responde a un genuino celo por el cumplimiento de las leyes; es una estrategia política deliberada para sembrar miedo y distraer a la población hondureña de la profunda crisis socioeconómica que vive el país.
Desde el Congreso Nacional se ha comenzado a impulsar una narrativa falsa de «ilegalidad» e «invasión» sobre ciudadanos chinos que residen e invierten legalmente en el territorio, cumpliendo de manera estricta con la normativa migratoria. Esta arremetida busca convertir a una comunidad trabajadora en el chivo expiatorio de los males nacionales.

Cortinas de humo para tapar la crisis real
¿Por qué el Poder Legislativo centra sus esfuerzos en agitar la chinofobia en este momento? La respuesta es puramente política. Mientras persiguen a quienes trabajan y aportan con su esfuerzo diario a la economía nacional, los sectores políticos tradicionales utilizan el prejuicio y la discriminación para desviar la atención de los verdaderos problemas que asfixian al pueblo hondureño: el alto costo de la canasta básica, la falta de empleo digno, la precariedad de los servicios públicos y el encarecimiento permanente de la vida.
La manipulación queda al descubierto cuando se analizan los propios datos oficiales del Instituto Nacional de Migración (INM). Frente a la moción que pretende alarmar sobre el ingreso de 13,022 personas procedentes de la República Popular China entre 2022 y 2025 bajo categorías legales (visas consulares y facilidades migratorias reguladas), se oculta que en ese mismo periodo salieron 12,401 ciudadanos de esa misma nacionalidad.
La diferencia real es de apenas unas 600 personas que se encuentran realizando trámites ordinarios de regularización. En contraste, durante ese mismo lapso permanecieron en el país más de 3,000 ciudadanos estadounidenses sin que el Congreso promoviera mociones de investigación ni discursos de zozobra.
La comunidad china ingresa bajo el amparo de la ley, invierte su capital, abre comercios, genera empleo y transfiere conocimiento en un momento donde la dinamización económica es urgente.
Los ciudadanos chinos han llegado a Honduras para poner su fuerza de trabajo, su conocimiento y su cultura al servicio del desarrollo y de la prosperidad compartida.
La población hondureña ve con muy buenos ojos su presencia; son bienvenidos y profundamente queridos por el noble pueblo hondureño, que reconoce el valor del trabajo honrado y la buena voluntad por construir de manera colectiva prosperidad compartida.
China y el nuevo eje del desarrollo global
Atacar la presencia china es también intentar boicotear la inserción de Honduras en el nuevo orden multipolar. El paso histórico dado bajo la administración de la presidenta Xiomara Castro en marzo de 2023, al formalizar las relaciones diplomáticas con la República Popular China bajo el principio inquebrantable de “Una Sola China”, rompió con décadas de aislamiento y alineamiento automático. Este viraje soberano abrió la puerta a una estrategia geopolítica basada en la cooperación mutua y la transferencia de capacidades reales, dejando atrás la lógica del tutelaje.

Entender a Pekín es entender hacia dónde se desplaza el centro de gravedad del planeta. La República Popular China representa hoy el motor productivo e industrial más dinámico del mundo, con una economía que aporta casi un tercio del crecimiento global y cuyo PIB medido en Paridad de Poder Adquisitivo (PPA) ya supera al de Estados Unidos. Frente al modelo de especulación financiera y condicionalidad política de Occidente, China ha demostrado que es posible erradicar la pobreza extrema de cientos de millones de personas mediante la planificación estatal, la inversión en infraestructura moderna y la innovación tecnológica masiva.
Proyectos globales como la Franja y la Ruta o la propuesta de “Prosperidad Compartida” demuestran que el gigante asiático no concibe el comercio como una herramienta de hegemonía militar, sino como un puente de desarrollo entre las naciones del Sur Global. Para un país como Honduras —que solo en 2025 importó más de 3,100 millones de dólares en maquinaria, acero y tecnología vital para su industria—, la alianza con China no es una opción ideológica: es una necesidad estratégica para modernizar la matriz productiva, formar talento técnico e integrarse a la economía del futuro. Cerrarle el paso a la cooperación y al trabajo chino por miopía o prejuicio político es condenar a Honduras al atraso.

