Dr. Alejandro García
Del 24 al 28 de agosto del presente año, el calendario escolar hondureño estableció un período de evaluación sumativa, popularmente conocida como “semana de exámenes” para Básica y Media correspondiente al III parcial. Lo que hoy vivimos como una rutina escolar tiene una historia, y esa historia ayuda a comprender por qué los exámenes ocupan un lugar tan importante en nuestras aulas.
Cuando llega la semana de exámenes, buena parte de la escuela comienza a girar alrededor de una pregunta: “¿Qué contenidos se van a evaluar?” Los estudiantes repasan las “Guías de estudio”, anotaciones hechas en clases, lecturas de los contenidos; los docentes preparan repasos, retroalimentan contenidos fundamentales, etc.; las familias, a la expectativa, esperan los resultados y, finalmente, meses de trabajo terminan representados por un número. La escena resulta tan familiar que parece natural. Pero evaluar y examinar no son exactamente lo mismo. Evaluar significa obtener información para comprender cómo está aprendiendo alguien; el examen es apenas uno de los instrumentos posibles para hacerlo. Sin embargo, en la práctica escolar ambos conceptos han llegado a confundirse hasta el punto de que muchas veces parece imposible imaginar una escuela sin pruebas, notas, aprobados y reprobados. ¿Cómo llegó el examen a ocupar un lugar tan central en nuestra manera de entender el aprendizaje?

En Honduras esa pregunta tiene toda una historia. El Código de Instrucción Pública de 1882 ya incorporaba el examen dentro de la organización formal de la enseñanza. Trece años después, La Instrucción Primaria, revista pedagógica oficial destinada a orientar al magisterio hondureño, difundía informes sobre los resultados obtenidos por las escuelas: en noviembre de 1895 apareció, por ejemplo, el informe de los exámenes realizados en la Escuela de Niñas de Amapala. El examen fue integrándose a una cultura escolar en la que demostrar conocimientos, registrar resultados y hacer visible el rendimiento de estudiantes y establecimientos se convirtió en parte del funcionamiento ordinario de la escuela. Lo que hoy llamamos “semana de exámenes” tiene detrás más de un siglo de prácticas, regulaciones y costumbres que aprendimos a considerar normales.

La paradoja aparece cuando observamos qué se supone que debería hacer la evaluación. La normativa educativa hondureña la define como un proceso permanente, integral y formativo que debe identificar logros y dificultades para tomar decisiones y mejorar el aprendizaje. Eso es bastante diferente de limitarse a colocar una nota después de una prueba. Un examen puede cumplir perfectamente una función educativa si permite descubrir qué comprende el estudiante, dónde se encuentra su dificultad y qué debe hacerse después. El problema comienza cuando ocurre lo contrario: la calificación adquiere tanta importancia que termina organizando la enseñanza. Entonces estudiamos lo que será examinado, enseñamos pensando en lo que será preguntado y podemos llegar a confundir obtener una buena nota con haber aprendido. El instrumento creado para observar el aprendizaje termina condicionando aquello que consideramos digno de aprender.
Por eso, discutir sobre evaluación no debería reducirse a decidir si necesitamos más o menos exámenes. La pregunta importante es qué sucede después del examen. Si un estudiante obtiene 65, 80 o 95 y todo termina allí, hemos clasificado un resultado, pero sabemos poco sobre lo que ocurrirá con su aprendizaje. Si esa información permite corregir errores, retroalimentar, volver a enseñar y ofrecer una nueva oportunidad para comprender, el examen recupera su condición de instrumento. Honduras continúa discutiendo institucionalmente cómo evaluar los aprendizajes, pero quizá una parte del problema sea mucho más antigua que cualquier reglamento. Durante generaciones hemos aprendido a organizar la vida escolar alrededor del examen. Tal vez ha llegado el momento de invertir nuevamente la relación: que el examen esté al servicio del aprendizaje y no que el aprendizaje termine al servicio del examen.
