“Lo más difícil de la victoria no es obtenerla, sino mantenerla”
(Huai Nan Zi)
Por: Bayron Pineda
La discusión sobre el desarrollo en el siglo XXI ya no puede separarse de la ciencia, la tecnología y la soberanía. En ese terreno —y no en el discurso abstracto— se define hoy el destino de los pueblos.
Irán aparece en ese debate como una experiencia concreta. Un país sometido durante décadas a sanciones, bloqueos y agresiones, que aun así ha desarrollado capacidades en energía nuclear, industria petroquímica, biomedicina, drones y sistemas misilísticos. Se trata de una nación que ha construido capacidades productivas en condiciones de asfixia.
Ese es el punto de partida para entender el conflicto reciente. La guerra de doce días, iniciada el 13 de junio de 2025 tras un ataque israelí contra instalaciones militares y nucleares iraníes, tuvo como objetivo declarado frenar su programa estratégico. La respuesta iraní, basada en misiles y drones, marcó un punto de inflexión en la confrontación directa. Desde entonces, el conflicto dejó de ser exclusivamente indirecto para entrar en una fase abierta dentro de una disputa que lleva décadas.

El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel ejecutaron una nueva agresión coordinada sobre territorio iraní, en medio de negociaciones nucleares. La respuesta de Irán incluyó ataques a bases militares y el cierre del estrecho de Ormuz, alterando el equilibrio energético global. El conflicto ya no es regional: es un punto de presión sobre el orden mundial.
En este contexto, la cuestión central no es únicamente militar. Es estructural.
¿Por qué se atacan centros de investigación, universidades e infraestructura científica? Porque la disputa es por la capacidad de producir conocimiento, tecnología y poder autónomo. La ciencia, en términos marxistas, es fuerza productiva directa.
Marx lo dejó planteado: la ciencia es la clave para el desarollo. En los Grundrisse habla del “intelecto general” —ese conocimiento social acumulado— que, al incorporarse a la producción, se convierte en fuerza productiva inmediata. Lo que antes era saber disperso, investigación o técnica aislada, pasa a materializarse en máquinas, sistemas energéticos, procesos industriales, redes de comunicación. En ese punto, la diferencia entre países no se mide solo en recursos naturales o mano de obra, sino en su capacidad de producir, organizar y aplicar conocimiento.
En El Capital, Marx afirma que el desarrollo de la gran industria desplaza el centro de la producción desde la fuerza física hacia la aplicación consciente de la ciencia. “La naturaleza no construye máquinas”, escribe Marx; es el conocimiento humano, acumulado socialmente, el que reorganiza el proceso productivo y eleva su potencia. Por eso, cuando se golpea la infraestructura científica de un país se está intentando desarticular su capacidad de futuro. La disputa por la soberanía, en este siglo, pasa por ahí: por quién controla ese conocimiento, quién lo produce y quién lo pone al servicio de su propio desarrollo.
Irán entendió ese principio como política de Estado. Desde 1979, tras el derrocamiento de la monarquía, su proceso no se limitó a la soberanía política. Apuntó a superar la dependencia de materias primas y avanzar hacia un desarrollo científico-industrial. Esa decisión explica su resistencia.

Para América Latina, esta discusión es inevitable.
La región sigue atrapada en un modelo extractivo, dependiente de exportaciones primarias, con débiles sistemas científicos y una inserción subordinada en la economía global. La pregunta no es si ese modelo es injusto —eso ya está demostrado—, sino si es sostenible en un mundo que se reorganiza rápidamente.
Hoy el sistema internacional se mueve hacia una configuración multipolar. Asia y el Medio Oriente están redefiniendo correlaciones de fuerza. América Latina, en cambio, sigue oscilando entre la dependencia y la fragmentación.
Ahí es donde la experiencia iraní adquiere sentido político para todos los pueblos oprimidos del sur global. Un país que, bajo presión extrema, apostó por la construcción de capacidades propias. Ciencia, industria, energía, defensa. Esa articulación es la base material de cualquier proyecto soberano.
Durante décadas de estigmatización, los revolucionarios latinoamericanos han intentado establecer relaciones sinceras con la Revolución iraní, sistemáticamente obstaculizadas por el imperialismo. Fidel Castro ya advertía, en sus conversaciones con Ignacio Ramonet, sobre el riesgo de una escalada: si Estados Unidos e Israel atacaban Irán, el mundo se acercaría a un escenario de guerra de dimensiones impredecibles.

Las tensiones internas dentro de Estados Unidos, las resistencias dentro de su aparato militar —marcadas por el peso histórico del síndrome de Vietnam— y los límites políticos para escalar hacia un conflicto nuclear reflejan fisuras reales en el bloque de poder. La agresividad externa convive con contradicciones internas.
Mientras tanto, América Latina sigue bajo presión. Bombardeos y amenazas contra Venezuela, bloqueo prolongado a Cuba, sanciones, aranceles, operaciones de desestabilización, fraudes electorales y la imposición de gobiernos subordinados. La estrategia no ha cambiado: disciplinar a la región.

En ese escenario, el ejemplo iraní es una referencia concreta de cómo enfrentar el cerco. En Asia y el Medio Oriente ya se ha demostrado que el poder imperial no es invulnerable. Como señalaba Mao Zedong, “el imperialismo es un tigre de papel”. Una estructura que parece invencible, pero que depende de condiciones históricas que están cambiando.
Irán ha operado precisamente en esa grieta. Ha resistido, ha construido y ha proyectado poder en condiciones adversas. Esa experiencia obliga a repensar las estrategias de desarrollo en el sur global. Para América Latina, el desafío no es retórico. Es material: construir soberanía científica, energética e industrial. Sin eso, no hay independencia posible.
La alborada del siglo XXI se define en la capacidad de los pueblos para organizar sus fuerzas productivas. En ese terreno, la experiencia iraní abre una discusión que la región ya no puede seguir postergando.

